viernes, 27 de noviembre de 2009

EN DEMOCRACIA NO HAY HEREJES

A propósito de bizarras, confesionales, actitudes un llamado a la cordura desde España.

JOSÉ ANTONIO PÉREZ TAPIAS

En medio de las polémicas en torno a la reforma de la legislación sobre el aborto vemos cómo a algunos no les caben democracia y religión, a la vez, en la cabeza. El fanatismo moral -como decía Gramsci- que se deriva de su dogmatismo intolerante lo pretenden llevar al ámbito del derecho, ignorando reglas elementales de la democracia. Caminos fundamentalistas van por ahí cuando contra la llamada ley del aborto se manifiestan voces eclesiásticas que condenan sin escuchar nada.

Las condenas episcopales sólo incumben a los miembros de la Iglesia católica, máxime si se habla de excomunión o se vierten anacrónicas acusaciones de herejía. Sin embargo, el tono conminatorio empleado en medios de comunicación social, al tratar como herejes a los diputados católicos que voten a favor de la ley, proyecta esas admoniciones fuera del círculo de una confesión religiosa. Tan excesivas declaraciones pretenden incidir en la opinión pública para incrementar la ilegítima presión sobre un parlamento democrático. Hay que recordar que en una sociedad pluralista ninguna confesión puede imponer su moral y que en democracia no cabe monopolio de la verdad. Quien opina en el ámbito público ha de someterse al debate propio de una sociedad abierta, tratando de hacer valer sus razones sin negación apriorística de las de los demás, que pueden ser distintas aun perteneciendo a la misma comunidad religiosa.

No es "anti-vida" una ley de plazos para regular el hecho social de los abortos que se producen en España -más de 100.000 al año, como ya ocurría cuando gobernó el PP, que nada hizo por cambiar la legislación vigente-. Establecer plazos para la interrupción voluntaria del embarazo, además de una mayor seguridad jurídica, implica una actitud de respeto a la vida como valor. De igual manera, al fijar condiciones y límites, atiende al mandato constitucional de protección de la vida del no nacido como bien jurídico. Una ley como ésta, que reforma la legislación que despenali-zó el aborto hace 25 años, tampoco induce a la interrupción voluntaria del embarazo. Se trata de un cauce jurídico para que muchas mujeres, sin que caiga sobre ellas el Código Penal, resuelvan desde su conciencia situaciones dramáticas de conflicto de valores.

¿Tan imposible se hace comprender que para defender la vida no hace falta calificar como asesinato todo aborto? ¿Dónde está la herejía al suscribir una aquilatada legislación que pueden apoyar incluso quienes no asuman la decisión de abortar, dado que hay motivos sociales, razones éticas y justificación jurídica a su favor? No vivimos en el mejor de los mundos posibles; nuestro mundo obliga a recordar que el trigo y la cizaña crecen juntos y que, como indicaba la parábola evangélica, no hay que precipitarse con farisaicas condenas desde una supuesta pureza moral. Quienes nos movemos entre los grises de nuestra realidad, compaginando militancia política y pertenencia a la comunidad eclesial, lamentamos las cerradas posiciones de quienes derriban puentes por donde transitar hacia una mejor convivencia en una sociedad pluralista y democrática.

La descalificación como herético de un comportamiento cabalmente democrático sólo puede estar en la cerrada mente de clérigos antidemócratas. Quizá haya que decir a quienes consideran herejes a cristianos que actúan en conciencia conforme a los procedimientos de la democracia aquello que el filósofo Ernst Bloch formulaba con ironía: "Lo mejor de la religión es que produce herejes". Está claro que forma parte de lo peor de la religión que produzca inquisidores, siempre dispuestos a arrojar la primera piedra. Hace dos mil años que estamos convocados a no apedrearnos y por ahí hay que empezar para aproximarnos a la situación ideal en la que ninguna mujer se vea en el trance de verse abocada a la dolorosa decisión de abortar.

Con todo, la cuestión relevante no es la consideración como "pecado mortal público" del voto favorable de legisladores cristianos a la norma que regula el aborto, sino que el problema de fondo es la no aceptación de la aconfesionalidad del Estado. Quienes dejan traslucir su pesar por no imponer su moral a través de la ley no sólo están lejos de la laicidad del Estado que la democracia exige, sino que ni siquiera valoran que ésta garantice su libertad de expresión. Por fortuna, en democracia, desde el común respeto a la ley, nadie es declarado hereje, lo cual es un logro civilizatorio que la Iglesia católica debería valorar en su justa medida.

Firman también este artículo Esperança Esteve Ortega, Ana Chacón Carretero y Óscar Seco Revilla, diputadas y diputados del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso.

Fuente: http://www.elpais.com

martes, 24 de noviembre de 2009

LAS MUERTES CHIQUITAS

Las Muertes Chiquitas es resultado de cuatro años de trabajo de Mireia Sallarès, de un proyecto interdisciplinario concentrado en las entrevistas a más de treinta mujeres de México de diferentes zonas del país; mujeres de diversas edades, estratos sociales, profesiones y religiones. Sus historias de vida nos llevan a conocer sucesos relacionados con los feminicidios de Ciudad Juárez, con las prostitutas de barrios marginados, con profesoras de universidad, exiliadas de guerras europeas, cero positivas y homosexuales o transexuales, ex guerrilleras de los años setenta, burguesas, indígenas, estudiantes, madres, abuelas, hijas... mujeres.

Sallarés, artista audiovisual de origen catalán, desarrolla este proyecto gracias al apoyo de diversas instituciones mexicanas y españolas; y desde el 20 de noviembre de este año y hasta enero del 2010 presentará en la Ciudad de México.

Las Muertes Chiquitas, una gran pieza multidisciplinaria. Pero además son historias sobre el dolor, el placer, el poder, la muerte y la violencia.

50 MIL DÓLARES


A tres años del fallecimiento de Jesús Blancornelas (23 de noviembre de 2006), en El Ciudadano publicamos, hoy, a manera de homenaje esta joyita a las cuales nos tenía acostumbrado. Va:

Nadie se muere en la víspera
Refrán popular mexicano

1978

La primera vez que Carlos Aguilar Garza me visitó en el periódico ABC de Tijuana, llevó más protección que el presidente de la República. Dos con pistola en mano, bajo la chamarra, se plantaron en la puerta de mi oficina y por fuera. Cuatro más en la antesala. Otros tantos con ametralladora en la entrada principal. Y quién sabe cuántos más en la calle. No era tan alto como aparecía en la foto. Pelo negro y lacio. Moreno sin llegar a los 30 años, pero con una vida recorrida que le daba experiencia de cincuentón. Siempre de traje y caminando aprisa. Fumando uno tras otro y al final de cuentas, simpático.

Primero fue profesor normalista y luego abogado. Se metió en la Procuraduría General de la República y llegó a coordinador en Baja California. Venía de Sinaloa. En Culiacán se afamó capitaneando a la Judicial Federal. Unos decían que les bajó la guardia a los mafiosos. Otros que los protegían. Lo acusaron de torturador y por eso su nombre se volvió familiar en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Pero un día de tantos, se agarró a balazos con feroces malandrines y lo hirieron en las piernas. Entonces lo mandaron para Tijuana donde traía asoleado a todo mundo. Su estancia y su presencia estremecían. A veces por miedo y a veces por curiosidad.

Aquel pasado mediodía llegó al periódico ABC en el bulevar Agua Caliente y su convoy se estacionó frente a las tortas de carne asada, a un ladito del Washmobile, sobre la calle Jalisco. Se metió al ABC y con un “…barón, vengo por ti para irnos a comer”, no quiso hablar de nada que no fueran saludos. Taimado, a lo mejor pensó que le grababan o escuchaban. No quiso ir al Victor’s, al Sombrero, a una cuadra. “Mejor vamos a otra parte”. Abriéndonos paso y seguidos, sólo él y yo en su automóvil. Cuando se puso al volante: “…perdóname barón, pero por seguridad la pongo aquí”, y de su cinto sacó tamaña pistolota con el cartucho cortado. La puso en el asiento, entre los dos, a la mano.

Prendió el motor y antes de arrancar tomó una ametralladora que traía en el asiento de atrás y la llevó a sus pies, abajito del asiento. “Por si las moscas, hermano”. Y ahora sí caminó el Grand Marquis, azul negro, primoroso por fuera e impecable por dentro. Todo el bulevar Agua Caliente, todo el Díaz Ordaz, hasta la presa y luego como para Tecate. Me platicaba de Culiacán y de Nuevo Laredo. Hablaba mal del periodista sinaloense Michel Jacobo, mal y bien de la periodista neolaredense Ninfa de Andar.

“¿Cómo que para dónde vamos, barón? Lo traigo para que me diga por qué no le agarró el dinero a Pietro La Greca”. Siempre me dio la impresión que Aguilar Garza le daba vueltas al asunto como para marear y luego dejar caer la pregunta o el tema a donde quería. Ya ni me acortaba de Pietro. El envaselinado italiano que unos días antes me pidió “unos minutitos, aquí en la oficina de Manuel Gastélum Millán”, cerquita de ABC y al otro del chalet que habitó don Armando Silvestre. Era una minioficina. Bien trajeado, y sin más ni menos, sacó tantos dólares que ni para contar de un vistazo. Me los daba para que ya no criticáramos en ABC a Carlitos Aguilar Garza, para que lo dejáramos en paz. A la negativa vino el ruego. Al rechazo apareció la súplica de rodillas. El por favor arrepentido pero cortado por un guárdate los billetes o publico que tú y Aguilar Garza me quieren sobornar.

El caso era que en el periódico descubrimos que los federales traían puros carros último modelo que se habían robado personalmente en San Diego o en Chula Vista, en National City o en La Jolla. Estaba probadito y se hizo una escandalera. Pietro fracasó en su intento. Por eso aquel rondín con Aguilar Garza. Un recorrido como para meter miedo. Paró el auto en despoblado. Uno de atrás llegó corriendo con una bolsa de papel en la mano y se la entregó: “Pues ahora se la ofrezco yo”, al tiempo que la ponía en mis piernas. “Pues también a ti te digo que no, y vámonos”. Agarró la bolsa, la echó para atrás y también a rodar el carro. Una, dos y tres veces preguntó qué quería. Ofreció un auto nuevo para mi esposa o depositar dinero para mis hijos. Nada le fue aceptado y seguramente para no rogar hizo a un lado el tema con un “…vámonos a comer”. Nos sentamos en un rincón, junto a la cocina, del restaurante del hotel El Conquistador. No se volvió a tocar el tema.

Pasados los días hubo un encuentro casual con Pietro y resucitó el caso cuando le dije que no me anduviera ofreciendo “mugrientos” dólares. Jeshú, Jeshú, por favore, eran cincuenta mil dólare… ¡chincuenta mil!”. Otra vez pasaron los días. Hasta que en uno de esos Aguilar Garza volvió: “Barón, te traigo un recado de Culiacán”, y me dijo que había ido para allá. Que habló con periodistas y supo que otros periodistas me vinieron a ver. Sabía que andaba buscando datos sobre el asesinato de Roberto Montenegro, un reportero. Sabía que iba a escribir un libro; que yo estaba enterado de todo, y que, efectivamente, un sobrino del entonces gobernador Calderón lo mandó matar. También estaban enterados que yo sabía el verdadero nombre del periodista, pues no era el que todos conocían; que era profesor como Aguilar Garza y que andaba entre la mafia y el periodismo; que el gobernador le tenía miedo al libro y era muy peligroso publicarlo.

Luego vino lo que nunca olvidaré: “Jesús, tú me demostraste que eres un barón, hoy te demuestro mi amistad. Te van a matar. Van a matar a tus hijos si se publica el libro. No me preguntes más”. Otra vez pasaron los días. Decidí hablar a la Ciudad de México con los editores para suspender todo. Me disculpé aunque se enojaron. A los pocos días Aguilar Garza me llamó y sin que yo se lo hubiera informado simplemente me dijo: “Barón, te felicito, qué bueno que decidiste no publicar el libro”. Nunca más se tocó el tema. Cuando lo trasladaron a Nuevo Laredo me sorprendió que lo dieran de baja. Luego fue la noticia que la avioneta en que viajaba se había desplomado a punto de aterrizar en Monterrey. Dicen que llevaba mucha cocaína. El accidente lo dejó inválido. A su esposa la balacearon y rumoreaban que él mandó la ejecución.

Meses después unos tipos, nunca se supo quiénes, llegaron a las afueras de su casa y a través de una ventana dispararon para matarlo. Estaba en una cama para inválidos. Lo ejecutaron. Durante y después de esa cascada de tragedias entendí: Nadie me mandó un recado de Sinaloa. Era su recado.

Tomado del Libro “Pasaste a mi Lado”, de Jesús Blancornelas, páginas 127, 128 y 129.